Recientemente, en un programa de televisión de gran audiencia, la ganadora de un concurso de cocina abogó por la teoría queer y su inclusión en la sociedad. Este gesto fue recibido con aplausos, pero también invita a una reflexión profunda sobre las implicaciones de esta corriente ideológica, especialmente en lo que respecta a las mujeres y los menores.
Nadie en su sano juicio estaría en contra de que todas las personas, independientemente de su orientación sexual, tengan los mismos derechos y sean tratadas con dignidad. Este es un principio básico de cualquier sociedad democrática y avanzada. Sin embargo, cuando abordamos cuestiones como la autoidentificación de género o el impacto de estas ideas en la infancia, surgen preguntas legítimas que no pueden ser descartadas como simples prejuicios.
Si bien toda persona tiene derecho a vivir de acuerdo con su identidad, es válido preguntarse si este derecho puede entrar en conflicto con los espacios y derechos que las mujeres han conquistado tras décadas de lucha. ¿Es justo que un nacido varón, identificado como mujer, ocupe estos espacios sin más que su declaración de identidad?
Uno de los puntos más controvertidos es el impacto que la teoría queer tiene sobre los derechos y la identidad de las mujeres biológicas. Muchas mujeres sienten que conceptos como «personas menstruantes» o «cuerpos gestantes» las reducen a funciones biológicas, borrando su identidad como mujeres. Además, la autoidentificación de género plantea dilemas en espacios y competencias reservados para mujeres, desde deportes hasta refugios para víctimas de violencia de género.
En algunos casos, los menores pueden ser guiados —consciente o inconscientemente— por las expectativas de los adultos a su alrededor. Esto puede llevar a decisiones prematuras, como bloqueadores de la pubertad o cambios de sexo, que implican riesgos médicos y psicológicos a largo plazo. La educación en autoestima y aceptación del propio cuerpo debería ser la prioridad antes de considerar intervenciones irreversibles.
Otro aspecto preocupante es cómo la teoría queer está influyendo en la forma en que educamos a los niños. Por ejemplo, un niño que prefiera vestirse con ropa tradicionalmente considerada femenina no debería ser presionado para identificar esta preferencia como un deseo de ser niña. Los roles de género son construcciones culturales, pero eso no significa que una expresión diferente deba interpretarse automáticamente como un signo de disforia de género.
Desde mi perspectiva, la teoría queer, en algunos de sus extremos, puede representar una vuelta de tuerca al machismo tradicional. Si no cuestionamos estas narrativas, podríamos estar perpetuando ideas que limitan el desarrollo y los derechos tanto de las mujeres como de los menores.
Es importante dejar claro que no estoy en contra del cambio de sexo. Sin embargo, creo firmemente que estas decisiones deben tomarse en la adultez, cuando una persona pueda entender plenamente los riesgos y consecuencias asociados. La industria farmacéutica y los tratamientos médicos implicados requieren un debate ético más amplio, especialmente cuando se trata de menores.
En definitiva, no se trata de negar derechos a nadie, sino de buscar un equilibrio que respete a todas las partes involucradas. Reconocer la diversidad no debe implicar la invisibilización o el retroceso de las luchas feministas ni poner en riesgo el bienestar de las generaciones futuras.
La inclusión y el respeto son esenciales, pero no deben convertirse en dogmas que impidan el debate. Es posible defender los derechos de todas las personas sin desdibujar las realidades biológicas y sociales que definen nuestra convivencia. El diálogo abierto y respetuoso será clave para encontrar un camino que no deje a nadie atrás.
El feminismo frente a los desafíos de la práctica queer: prostitución, maternidad subrogada y derechos de las mujeres.
En el marco del creciente debate sobre la teoría queer y sus implicaciones sociales, hay un aspecto que considero trascendental: la normalización de la prostitución como un «trabajo». Esta perspectiva, promovida por algunos sectores queer, contradice siglos de lucha feminista que han denunciado la prostitución como una forma de esclavitud que mercantiliza el cuerpo de las mujeres para satisfacer deseos ajenos.
Desde el feminismo, hemos insistido en poner el foco en el verdadero culpable: el putero. Es él quien perpetúa esta explotación, y no las mujeres prostituidas, que en su inmensa mayoría son víctimas de la pobreza, la falta de oportunidades y, a menudo, de redes de trata. A pesar de que algunas mujeres dicen «elegir» esta actividad, es crucial señalar que estas son la excepción, no la norma, y sus historias no deberían utilizarse para justificar una práctica que sustenta un sistema de opresión y desigualdad.
Las mujeres tienen derecho a relaciones sanas y satisfactorias, a vivir en dignidad y a no ser reducidas a meros instrumentos para llenar los bolsillos de proxenetas o satisfacer deseos masculinos. La normalización de la prostitución como un trabajo no solo perpetúa este sistema, sino que lo legitima, haciendo aún más difícil erradicarlo.
Otro ejemplo preocupante de cómo algunos discursos queer pueden entrar en conflicto con el feminismo es la defensa de la maternidad subrogada. Esta práctica reduce el cuerpo de las mujeres a una «vasija» para satisfacer los deseos de quienes pueden pagar por ello. No es casualidad que este debate recuerde a las estructuras patriarcales de la antigua Grecia, donde las mujeres eran vistas como medios para perpetuar linajes y satisfacer las necesidades de los hombres.
La maternidad subrogada plantea cuestiones éticas y de justicia social que no podemos ignorar. Es cierto que todos los seres humanos tienen derecho a formar una familia, pero este derecho no puede ejercerse a costa de explotar a mujeres, muchas veces en situaciones de vulnerabilidad. La adopción sigue siendo una vía válida, ética y solidaria para quienes desean tener hijos, sin necesidad de recurrir a prácticas que instrumentalizan el cuerpo femenino.
El feminismo enfrenta hoy numerosos obstáculos, muchos de los cuales se disfrazan de «avances» mientras, en realidad, representan retrocesos. Desde la normalización de la prostitución hasta la legitimación de la maternidad subrogada, vemos cómo algunos discursos intentan legitimar la utilización del cuerpo femenino bajo la bandera de la libertad o la igualdad, ignorando las dinámicas de poder, explotación y desigualdad que subyacen en estas prácticas.
Concluyo reafirmando que el feminismo debe mantenerse firme en su lucha por los derechos de las mujeres, especialmente las más vulnerables. No podemos permitir que el progreso social sea una excusa para perpetuar la explotación y el sometimiento de nuestros cuerpos. La verdadera igualdad solo será posible cuando todas las mujeres sean libres de cualquier forma de violencia, opresión o mercantilización.
¿Qué opinas de este enfoque? Me encantaría leer tus comentarios y reflexiones.
